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viernes, 31 de marzo de 2017

QUE CADA QUIEN VOTE COMO QUIERA, ESO ES DEMOCRACIA, ESO ES SER LIBRES.

QUE CADA QUIEN  VOTE COMO QUIERA, ESO ES  DEMOCRACIA,
ESO ES SER LIBRES.

En esta tristemente célebre etapa de campaña se ha escuchado y leído con mucha frecuencia esta frase, o similares, aunque utilizando términos distintos; y quienes la han pronunciado, escrito, escuchado o leído, sin importar su nivel de formación académica, en muchos de los casos lo han hecho con total convicción de afirmar una verdad irrefutable, plenamente convencidos que aquello que dicen es verdad, eterna e inmutable.


Consecuentemente de la forma más respetuosa y objetiva posible, comedidamente os invito a reflexionar sobre el contenido explicito e implícito de estas “verdades irrefutables”, sobre la imagen mental básica que se ofrece a primera vista a quien la lee o escucha,  y el contenido ideológico, sociológico y filosófico que se oculta tras este aparente mensaje de libertad, de poder, de soberanía individual, de elegir aquello que quiero, porque así lo deseo, no porque nadie me lo dice, o me presiona para hacerlo.


 En primer lugar, el mensaje, es el fundamento  filosófico, ideológico y económico del liberalismo, que a su vez es el sustento teórico del sistema capitalista, “que cada quien viva como quiera y como pueda, que coma lo que quiera y cuando pueda, que vista lo que desee y cuando se le ocurra hacerlo, que nadie le diga que hacer, como actuar, cuando protestar o cuando callar, porque todos somos libres capaces y autónomos” es el argumento preferido por publicistas que promocionan desde un shampoo, hasta la imagen de un candidato, y cala profundamente en los ciudadanos, porque le da sensación de libertad, poder y auto suficiencia;  pero, ¿qué pasa en la realidad cotidiana de nuestras vidas?, ¿realmente se ejerce ese poder? La respuesta inequívoca es ¡NO!; no,  porque vivimos en una sociedad con un complejo sistema organizativo, en el que se han creado estructuras de poder, tan antiguas como la sociedad misma, cuyo objetivo supremo es mantener el control total o parcial de los seres humanos,  de sus actos, de sus pensamientos, de sus gustos, aficiones y aún de sus necesidades;  lo cual nos ha trasformado en criaturas de los  intereses y empeños de las grandes corporaciones transnacionales, y de repente inconscientemente nuestros gustos intereses, y aún ciertas necesidades, coinciden plenamente con las de dichos poderes, quienes nos van presentando prototipos de todo, como ser, como actuar, que decir, que comer, como vestir, cuando callar y cuando hablar; entonces, sorprendentemente nuestra libertad es justamente la que les conviene a quienes detentan el poder económico , social e ideológico dominante, cuyo paradigma se impondrá a través de su inmensamente poderosa y múltiple red de difusión, que incluye cadenas de comunicación: televisión, prensa escrita, radio, Internet, espectáculos, cine, y sistemas educativos clásicos en sus diferentes niveles.


Entonces aquello que se presentó inicialmente como el ejercicio soberano de nuestra libertad y autonomía, termina siendo paradójicamente el mayor instrumento de sometimiento y esclavización.
En segundo lugar, la frase motivo de este análisis, encierra un supuesto esencialmente individualista y egoísta, que anula toda conciencia de pertenencia a un grupo social determinado, de organización y solidaridad, que le da a la vida una noción simplista, “cada quien ve por sí mismo, basta que yo esté bien, los demás que me importan, no son mi problema” añadiendo perlas léxicas como “yo vivo de mi trabajo, no de la política”.
Es precisamente, esta visión distorsionada de la realidad,  la que alienta el poder y se trasmite a través del paradigma dominante, porque destruye la organización social del ciudadano,  su sentido de pertenencia a un grupo social dado, en el que lo ha ubicado las relaciones sociales de producción que se generan y desarrollan en un sistema económico específico, es decir, se nos impide reconocernos como obreros, proletarios, empleados, comerciantes, estudiantes, o jubilados, etc.


Al despojarnos de este sentido de pertenencia, olvidamos que la sociedad se estructura en clases sociales, de acuerdo al lugar que ocupamos en la organización productiva y peor aún perdemos identidad social, tornándonos excesivamente vulnerables, a nuestros dominadores, - recordemos la vieja lección de los juncos atados y sueltos -  convirtiéndonos en  traidores inconscientes de nuestro propio grupo,  clase social,  defendiendo los intereses de quien nos domina y continuará haciéndolo, porque parafraseando a Lenin, son contradicciones de clase, antagónicas, e irreconciliables.
En tercer lugar, la democracia, desde su clásica definición griega,  se concibe como “el gobierno del pueblo para el pueblo” no como el libre arbitrio, pues el concepto mismo de democracia, solo tiene cabida en una sociedad organizada, en la que dilatando el concepto griego, se puede entender como el gobierno electo por la mayoría, por lo tanto ha de concebirse que quien lo ejerza, será un miembro de la mayoría social, a la que representará, respetará y defenderá.


Sin embargo, entonces y ahora, tal es un enunciado vacío, sin valor práctico, primero porque el vocablo pueblo, solo es un eufemismo que encubre profundas diferencias sociales, lo cual beneficia a quienes controlan el poder, luego porque la democracia nominal, ejercida a través del voto, está viciada del mismo efecto obnubilante  que todos nuestros gustos deseos e intereses, nos venden la imagen de un candidato,  haciendo parecer a nuestros ojos y oídos, que su visión, intereses y necesidades son los nuestros, y que lo que es bueno para él y su grupo, lo es para todos, mágicamente se borran las diferencias sociales y todos somos uno.
Ese es el gran discurso que se impone a través de todos los medios, termina haciéndonos olvidar hasta de nuestros nombres no solo de la posición social, pues la mentada libertad se ha esfumado.
En conclusión el que cada uno vote como quiera, no es  expresión de libertad, lo es de supremo egoísmo e individualismo, que beneficia a quienes siempre nos han gobernado, haciendo prevalecer sus intereses ya de clase, ya de grupo, por sobre los de las mayorías, votar como se me antoje, no es libertad, es una irresponsabilidad que la pagaremos, conjuntamente con nuestras familias, vecinos, compañeros de trabajo, y clase social.


Ser libres implica analizar críticamente la multiplicidad infinita de formas en que el mensaje paradigmático del poder, el gran discurso del bien y del mal,  llega a nuestra mente, para dilucidar en qué lugar de la pirámide social nos encontramos, para quien trabajamos, quien se queda con  la mayor parte de la rentabilidad, que genera nuestro trabajo cotidiano,  y finalmente quien gana realmente, cuando hacemos lo que ese discurso nos hace ver como libertad, poder de decisión y autonomía.
Si usted es de los que afirma que vive de su trabajo y no de la política, piense que quien gobierna el país mediante su administración puede beneficiar el interés de los más pobres, puede ofrecerle mayores oportunidades de trabajo, de emprender en actividades productivas, facilitar su 

implementación, o puede gobernar para  la clase y grupo al que él pertenece y representa, entonces, disminuirán sus oportunidades de trabajo,  habrán más trabas para el emprendimiento de los grupos sociales oprimidos, porque definitivamente los intereses de los grupos sociales dominantes y los nuestros, no son los mismos,  son contrapuestos, lo que para ellos es ganancia, para nosotros es perdida, y eso no lo cambia el maquillaje de las palabras ni imágenes.


Respetable elector, por favor considere estas reflexiones antes de depositar su voto.


Fredy Torres A.

Piñas, marzo 31 del 2017.

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